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Dr. Cristóbal López MartínMarbella · Psiquiatría privada

Guía para familias · Conducta y riesgo

Fugas de casa en adolescentes: causas, riesgos y qué deben hacer los padres

Dr. Cristóbal López Martín · Médico especialista en Psiquiatría · Colegiado 29-8805

Col. 29-880512-18 añosEspañol e inglésOnline en toda España
En esta página · 21 apartados

Cuando un adolescente no vuelve a casa y los padres comprueban que no saben dónde está, el problema deja rápidamente de ser una discusión sobre horarios o disciplina.

Aparece el miedo.

¿Dónde está?

¿Con quién?

¿Ha consumido alcohol o drogas?

¿Está seguro?

¿Se ha marchado voluntariamente?

¿Volverá?

¿Hay que pedir ayuda?

Y cuando finalmente aparece, al miedo suele seguirle el enfado:

«Después de lo que nos has hecho pasar...».

Una fuga de casa en un adolescente no debería analizarse únicamente como una desobediencia.

Algunas fugas son impulsivas y duran unas horas.

Otras esconden conflictos familiares importantes, consumo de sustancias, relaciones sentimentales problemáticas, violencia, abuso, problemas psiquiátricos o situaciones de explotación que nadie había detectado.

En mi experiencia clínica conviene separar claramente dos momentos.

El primero ocurre mientras desconocemos dónde está el adolescente.

En ese momento la prioridad es localizarlo y garantizar su seguridad.

El segundo comienza cuando regresa.

Entonces aparece una pregunta bastante más difícil:

¿Por qué se marchó y qué necesitamos cambiar para reducir la posibilidad de que vuelva a ocurrir?

Castigar sin comprender puede dejar intacta la causa.

Pero comprender tampoco significa aceptar que un menor pueda desaparecer cada vez que tiene un conflicto.

Necesitamos ambas cosas:

seguridad, límites y comprensión de lo que está ocurriendo.

¿Qué entendemos por fuga de casa durante la adolescencia?

No todas las situaciones son iguales.

Un adolescente que sale después de una discusión, apaga el teléfono durante dos horas y después vuelve a casa no plantea exactamente el mismo problema que un chico de catorce o quince años que desaparece durante dos días sin que nadie sepa dónde está.

También debemos diferenciar entre:

  • marcharse impulsivamente después de una discusión;
  • pasar deliberadamente una noche fuera sin permiso;
  • repetir fugas con frecuencia;
  • abandonar el domicilio durante varios días;
  • quedarse con personas que la familia desconoce;
  • marcharse con una pareja;
  • desaparecer en relación con consumo de sustancias;
  • abandonar el hogar porque el adolescente siente miedo de permanecer
  • en él.

La palabra «fuga» describe lo que vemos.

No explica por qué ha ocurrido.

Y ésa es precisamente la parte que necesitamos entender.

En 30 segundos
  • Primero la seguridad: localizarle y que vuelva. Después, entender de qué huía.
  • Una fuga pregunta: ¿de qué escapa, hacia qué corre, con quién, qué riesgo corrió?
  • Puede haber conflicto, impulsividad, consumo, una relación de riesgo o algo que no ha contado.
  • El regreso no se recibe con el juicio sumarísimo: esa noche seguridad, mañana conversación.

¿Por qué se escapa de casa un adolescente?

No existe una única causa.

En algunos casos encontramos un desencadenante muy claro.

En otros, varios problemas se van acumulando durante meses hasta que una discusión aparentemente pequeña hace estallar todo.

Una discusión familiar intensa

Es una de las situaciones más habituales.

Existe un conflicto por:

  • horarios;
  • estudios;
  • teléfono móvil;
  • pareja;
  • amigos;
  • consumo;
  • dinero;
  • incumplimiento de normas.

La discusión aumenta de intensidad y el adolescente dice:

«Pues me voy».

Y se marcha.

En ocasiones se trata de una decisión prácticamente impulsiva.

Ni siquiera tiene claro dónde va a dormir.

Este episodio necesita consecuencias y una valoración del riesgo, pero clínicamente no es idéntico a una fuga organizada con varios días de preparación.

Conflictos familiares mantenidos

Otros adolescentes no se marchan por una discusión concreta.

Se marchan de una convivencia que sienten como permanentemente insoportable.

Puede existir:

  • enfrentamiento diario con los padres;
  • separación parental muy conflictiva;
  • problemas con nuevas parejas de los progenitores;
  • sensación extrema de control;
  • reglas familiares permanentemente discutidas;
  • violencia;
  • otros conflictos graves.

Cuando las fugas aparecen dentro de un patrón amplio de oposición, agresividad u otras transgresiones conviene situarlas dentro de los trastornos de conducta en adolescentes.

Pero hay que evitar una conclusión demasiado rápida:

que el adolescente se vaya de casa no significa automáticamente que el problema esté exclusivamente en él.

Hay que estudiar la relación familiar completa.

Trastorno negativista desafiante

Algunos adolescentes con trastorno negativista desafiante presentan enfrentamientos persistentes con padres y otras figuras de autoridad.

Puede haber:

  • discusiones continuas;
  • irritabilidad;
  • desafío;
  • oposición;
  • dificultad para aceptar normas.

Durante una escalada del conflicto, el adolescente puede terminar saliendo de casa.

Pero la fuga no es por sí sola suficiente para diagnosticar TND.

Tampoco debemos explicar automáticamente cualquier fuga mediante un diagnóstico previo.

Siempre hay que volver a preguntar:

¿qué ocurrió esta vez?

Miedo al castigo

Algunos adolescentes no vuelven porque creen que las consecuencias serán insoportables.

Puede haber ocurrido:

  • un suspenso;
  • consumo de drogas;
  • pérdida de dinero;
  • una mentira;
  • un incumplimiento de horario;
  • un problema en el instituto.

Las mentiras frecuentes en adolescentes pueden formar parte de esta secuencia.

Primero el joven intenta ocultar el problema.

Después la mentira aumenta.

Finalmente piensa:

«Ya no sé cómo volver a casa».

Esto no significa que los padres deban renunciar a establecer consecuencias.

Pero una familia en la que reconocer un error se percibe como algo catastrófico puede terminar favoreciendo todavía más el ocultamiento.

Impulsividad

Algunos adolescentes toman decisiones importantes con muy poca reflexión.

Una discusión termina con:

«Me voy».

Y diez segundos después están en la calle.

Pueden aparecer además:

  • baja tolerancia a la frustración;
  • decisiones precipitadas;
  • búsqueda de sensaciones;
  • problemas académicos;
  • otras conductas de riesgo.

En estos casos conviene explorar TDAH u otras causas de impulsividad.

El diagnóstico importa porque repetir únicamente:

«Tienes que pensar antes de actuar»

suele ser bastante insuficiente cuando precisamente una de las dificultades centrales consiste en detenerse y pensar.

Depresión y fugas de casa

La depresión adolescente no siempre se presenta como un joven evidentemente triste.

Puede aparecer:

  • irritabilidad;
  • aislamiento;
  • pérdida de interés;
  • fracaso académico;
  • alteraciones del sueño;
  • consumo de sustancias;
  • enfrentamientos familiares;
  • desesperanza.

Una fuga dentro de este contexto merece una atención especialmente cuidadosa.

Sobre todo cuando el adolescente ha dicho frases como:

«No quiero volver».

«Os iría mejor sin mí».

«No me importa lo que pase».

«Quiero desaparecer».

En ese momento necesitamos abandonar temporalmente la discusión sobre disciplina y valorar directamente el riesgo suicida.

Ansiedad, bullying y deseo de escapar

No todas las fugas intentan escapar de los padres.

A veces el adolescente intenta escapar de otra parte de su vida.

Puede existir:

  • bullying;
  • ansiedad escolar;
  • presión académica intensa;
  • miedo;
  • problemas sociales;
  • ruptura sentimental;
  • vergüenza por algo ocurrido;
  • conflicto con compañeros.

Marcharse proporciona un alivio inmediato.

Durante unas horas no hay instituto, no hay familia, no hay problema.

Naturalmente el alivio dura poco.

Pero psicológicamente puede resultar muy potente.

Por eso necesitamos conocer lo que está ocurriendo fuera de casa.

Alcohol, cannabis y otras drogas

Ésta es una de las asociaciones importantes.

Un adolescente puede:

  • quedarse consumiendo con amigos;
  • no querer volver intoxicado;
  • perder la noción del tiempo;
  • permanecer fuera varios días;
  • marcharse después de una discusión relacionada con el consumo.

Cuando una fuga aparece junto con:

  • cambio de amistades;
  • descenso académico;
  • alteración del sueño;
  • necesidad constante de dinero;
  • irritabilidad;
  • desaparición de objetos;
  • mentiras;

el consumo de sustancias debe explorarse directamente.

No podemos tratar cada problema de manera independiente:

«la fuga» por un lado;

«las drogas» por otro;

«los suspensos» por otro.

A veces son expresiones diferentes del mismo proceso.

Relaciones sentimentales y fugas

Durante la adolescencia una relación sentimental puede vivirse con una intensidad enorme.

Algunos jóvenes se marchan para permanecer con su pareja, sobre todo cuando los padres desaprueban esa relación.

Conviene estudiar:

  • edad de ambos;
  • diferencia de edad;
  • dependencia emocional;
  • aislamiento;
  • control;
  • violencia;
  • consumo;
  • capacidad del adolescente para terminar la relación.

Especial atención requieren las relaciones en las que existe una clara diferencia de edad o poder.

Una fuga para encontrarse con una pareja no debe considerarse únicamente un problema de horarios si existen indicios de coerción o explotación.

Robos, dinero y fugas

Cuando un adolescente se marcha de casa y simultáneamente desaparece dinero u objetos, debemos preguntar para qué los necesita.

Los robos en adolescentes pueden relacionarse con:

  • financiar los días fuera;
  • drogas;
  • apuestas;
  • deudas;
  • presión del grupo;
  • amenazas;
  • necesidad de pagar transporte o alojamiento.

Aquí otra vez vemos cómo varias páginas del silo se conectan clínicamente sin necesidad de forzar los enlaces.

La fuga no se entiende si ignoramos todo lo que la rodea.

¿Es siempre la fuga culpa del adolescente?

No.

Y ésta es una de las partes que deben manejarse con mayor prudencia.

Hay menores que abandonan temporalmente el domicilio porque dentro de él existe una situación que perciben como peligrosa.

Puede haber:

  • violencia;
  • abuso;
  • negligencia;
  • amenazas;
  • miedo a algún familiar;
  • problemas graves relacionados con alcohol o drogas de los adultos.

Por tanto, cuando un adolescente dice:

«No quiero volver a casa»,

no deberíamos contestar automáticamente:

«Es porque no aceptas normas».

Necesitamos preguntar:

«¿Por qué no quieres volver?»

La mayoría de las familias que consultan no se encuentran en esta situación.

Pero clínicamente tenemos obligación de considerarla.

No toda fuga es desafío. Algunas fugas pueden intentar proteger al adolescente de algo.

Riesgos de las fugas de casa en adolescentes

El nivel de riesgo depende de:

  • edad;
  • duración de la ausencia;
  • dónde permanece;
  • con quién;
  • consumo de sustancias;
  • estado psicológico;
  • madurez;
  • capacidad para protegerse.

Entre los riesgos posibles encontramos:

  • intoxicaciones;
  • accidentes;
  • violencia;
  • victimización;
  • explotación;
  • relaciones sexuales no consentidas;
  • sexo sin protección;
  • problemas legales;
  • utilización por otras personas;
  • falta de sueño;
  • interrupción de tratamientos;
  • autolesiones;
  • suicidio.

Las conductas sexuales de riesgo en adolescentes adquieren especial importancia cuando coinciden:

fuga + sustancias + personas desconocidas + pérdida de capacidad para decidir.

Por eso no debemos valorar una fuga únicamente contando cuántas horas estuvo fuera.

Dos horas pueden ser muy peligrosas en determinadas circunstancias y dos días pueden tener un contexto completamente diferente.

Mi hijo adolescente se ha escapado de casa: ¿qué hago?

Cuando desconocemos dónde está un menor, la prioridad es localizarlo y comprobar que se encuentra seguro.

1. Intentar contactar sin convertir el primer mensaje en una amenaza

La reacción emocional puede llevar a escribir:

«Cuando vuelvas vas a ver».

Pero si en ese momento el objetivo es conseguir información sobre dónde está, probablemente resulte más útil:

«Necesitamos saber que estás bien. Llámanos o dinos dónde estás».

Ya habrá tiempo posteriormente para hablar de consecuencias.

Primero está la seguridad.

2. Contactar con personas que puedan saber dónde está

Puede ser útil hablar con:

  • amigos;
  • padres de amigos;
  • familiares;
  • pareja;
  • personas con las que suele relacionarse.

Hay que intentar obtener información sin transformar inmediatamente la desaparición en una humillación pública.

3. Valorar el nivel de riesgo

No es igual:

un adolescente de diecisiete años que sabemos que está durmiendo en casa de un amigo;

que:

un menor de trece años cuyo paradero desconocemos completamente.

Tampoco es igual una fuga después de una discusión que una desaparición después de expresar intención suicida.

Hay que considerar:

  • edad;
  • antecedentes;
  • enfermedad psiquiátrica;
  • sustancias;
  • amenazas previas;
  • personas con las que podría encontrarse;
  • acceso a medicación;
  • riesgo de autolesión.

4. Pedir ayuda cuando existe riesgo

Cuando desconocemos el paradero de un menor y existe preocupación por su seguridad, no tiene sentido confiar en reglas populares del tipo:

«Hay que esperar 24 o 48 horas».

Ante una desaparición de riesgo hay que buscar ayuda.

Especialmente cuando existe:

  • riesgo suicida;
  • corta edad;
  • enfermedad psiquiátrica;
  • intoxicación;
  • violencia;
  • contacto con adultos potencialmente peligrosos;
  • desaparición completamente fuera del patrón habitual.

¿Qué hacer cuando el adolescente vuelve?

Aquí comienza otra parte del problema.

Los padres llevan horas angustiados.

El adolescente cruza la puerta.

Es comprensible que aparezca una explosión de enfado.

Pero las primeras horas pueden determinar cuánto descubriremos sobre lo ocurrido.

Comprobar primero su estado

Antes de iniciar una larga discusión hay que valorar:

  • estado físico;
  • posible intoxicación;
  • heridas;
  • nivel de conciencia;
  • alimentación;
  • sueño;
  • riesgo suicida;
  • posibles agresiones;
  • necesidad de atención médica.

Si existe un problema médico o psiquiátrico urgente, eso va primero.

No intentar resolverlo todo inmediatamente

Un adolescente intoxicado, agotado o extremadamente activado quizá no sea la persona ideal para mantener una entrevista familiar de tres horas a las tres de la madrugada.

Podemos recoger la información necesaria para garantizar la seguridad y retomar la conversación cuando todos estén más regulados.

Preguntar qué ocurrió

Una frase sencilla puede aportar mucho:

«Cuéntame qué pasó».

Escuchar no significa creer automáticamente cada detalle.

Significa conocer su versión antes de construir la nuestra.

Preguntar dónde estuvo y con quién

Necesitamos información sobre:

  • dónde durmió;
  • con quién estuvo;
  • qué consumió;
  • cómo consiguió dinero;
  • si alguien lo amenazó;
  • si mantuvo relaciones sexuales;
  • si participó algún adulto;
  • si sufrió violencia.

Son preguntas de seguridad.

No necesariamente un interrogatorio.

Preguntar por qué no volvió

Probablemente sea la pregunta más importante.

Puede responder:

«Pensaba que me ibais a matar».

«Estaba colocado».

«Quería quedarme con mi novio».

«No aguanto estar aquí».

«Mis amigos se quedaron fuera».

«Me daba vergüenza volver».

Cada respuesta conduce a una intervención diferente.

¿Hay que castigar una fuga?

Cuando se incumplen normas importantes deben existir consecuencias.

Pero «consecuencia» no significa necesariamente un castigo enorme.

Las consecuencias deberían ser:

  • claras;
  • proporcionadas;
  • relacionadas con la seguridad;
  • posibles de mantener.

Puede ser necesario temporalmente:

  • aumentar la supervisión;
  • limitar determinados horarios;
  • reducir ciertas libertades;
  • recuperar autonomía progresivamente.

Lo que suele tener menos utilidad es:

«No vuelves a salir hasta que tengas treinta años».

Además de ser complicado de ejecutar, quizá el adolescente sospeche que el plan tiene algún defecto logístico.

¿Qué ocurre si amenaza con escaparse cada vez que ponemos un límite?

Ésta es una de las situaciones más agotadoras para una familia.

Puede desarrollarse este mecanismo:

norma → amenaza de fuga → miedo de los padres → los padres ceden → la norma desaparece.

Con el tiempo, la amenaza empieza a funcionar.

Hay que diferenciar:

  • una amenaza instrumental utilizada durante el conflicto;
  • de una situación en la que existe un verdadero riesgo de fuga o
  • autolesión.

La seguridad siempre tiene prioridad.

Pero la familia tampoco puede vivir permanentemente condicionada por:

«Si no me dejas hacer lo que quiero, me voy».

Cuando aparece este patrón repetitivo, suele ser necesaria una intervención profesional.

Fugas repetidas: una señal de que hay que estudiar más

Una segunda, tercera o cuarta fuga cambia considerablemente la interpretación.

Ya no estamos ante un episodio excepcional.

Tenemos que investigar qué mantiene el comportamiento.

Hay que estudiar:

  • familia;
  • TDAH;
  • impulsividad;
  • depresión;
  • ansiedad;
  • sustancias;
  • amistades;
  • pareja;
  • situación escolar;
  • trauma;
  • violencia;
  • otros problemas conductuales.

La pregunta deja de ser:

«¿Cómo conseguimos que no vuelva a salir por la puerta?»

y pasa a ser:

«¿Por qué salir por esa puerta sigue pareciéndole una solución?»

Cómo reducir el riesgo de nuevas fugas

No existe una técnica única.

Recuperar la comunicación

El adolescente debe poder contar un problema incluso cuando sabe que sus padres no estarán de acuerdo.

Eso no significa eliminar consecuencias.

Significa mantener abierta la posibilidad de hablar.

Establecer pocas normas y muy claras

Conviene definir:

  • horario;
  • obligación de informar dónde está;
  • qué ocurre si cambia de plan;
  • formas de contacto;
  • consecuencias del incumplimiento.

Las reglas ambiguas generan discusiones interminables.

Consecuencias previsibles

Es preferible saber de antemano qué ocurrirá ante determinados incumplimientos que improvisar un castigo durante una explosión emocional.

Autonomía progresiva

La adolescencia consiste en ganar libertad.

Pero libertad y responsabilidad tienen que crecer juntas.

Cuando el joven cumple durante un periodo suficiente:

  • horarios;
  • información;
  • acuerdos;

puede recuperar progresivamente autonomía.

Conocer a sus amigos

No significa elegirlos todos.

Pero los padres deberían tener una idea razonable de:

  • quiénes son;
  • dónde viven;
  • con quién pasa tiempo;
  • qué actividades realizan.

Especialmente después de una fuga.

Preguntar directamente por sustancias

No sirve demasiado pensar:

«Mi hijo nunca haría eso».

La adolescencia es una etapa famosa precisamente por demostrar a muchos padres que algunas de sus certezas necesitaban una revisión.

Preguntar claramente suele ser más útil que asumir.

¿Cuándo conviene una valoración profesional?

No todo adolescente que vuelve dos horas tarde necesita un psiquiatra.

Conviene solicitar ayuda cuando:

  • las fugas se repiten;
  • duran muchas horas o días;
  • existe consumo de sustancias;
  • aparecen robos;
  • existen mentiras constantes;
  • hay violencia;
  • existen autolesiones;
  • aparece riesgo suicida;
  • el adolescente se niega reiteradamente a volver a casa;
  • cambia mucho su comportamiento;
  • existe deterioro escolar importante;
  • sospechamos TDAH, depresión u otro trastorno;
  • la familia está completamente desbordada.

Una evaluación psiquiátrica del adolescente puede ayudar a diferenciar si predomina:

  • un conflicto familiar;
  • un trastorno conductual;
  • TDAH;
  • impulsividad;
  • depresión;
  • ansiedad;
  • sustancias;
  • trauma;
  • una relación peligrosa;
  • otro problema.

Cuando existen varios factores simultáneamente puede ser especialmente útil una consulta con un psiquiatra de adolescentes en Marbella.

La finalidad no es etiquetar al joven.

Es comprender qué está ocurriendo y decidir qué intervención tiene más sentido.

¿Se utiliza medicación cuando un adolescente se fuga?

No existe una medicación para «evitar fugas».

Si detrás de las fugas existe:

  • TDAH;
  • depresión;
  • trastorno bipolar;
  • ansiedad;
  • psicosis;
  • otro trastorno psiquiátrico;

puede estar indicado tratar ese problema.

Pero medicar a un adolescente simplemente porque incumple normas o abandona el domicilio sería un planteamiento incorrecto.

Primero necesitamos diagnóstico.

¿Cuándo una fuga es una urgencia psiquiátrica?

Hay situaciones en las que una fuga forma parte de una verdadera emergencia.

Debe buscarse una valoración psiquiátrica urgente cuando existe, entre otras circunstancias:

  • intención suicida;
  • intento de suicidio;
  • autolesiones graves;
  • síntomas psicóticos;
  • agitación extrema;
  • intoxicación importante;
  • violencia grave;
  • imposibilidad de garantizar la seguridad.

También requiere especial atención la desaparición de un adolescente que acaba de expresar deseos de hacerse daño.

En ese momento no estamos gestionando un problema educativo.

Estamos protegiendo una vida.

Ante un riesgo inmediato — conducta suicida, intoxicación, imposibilidad de mantener seguro al adolescente — llame al 112. Conducta suicida: Línea 024, 24 horas, también para familiares.
En mi consulta la primera valoración sigue el método 90-60-30: 90 minutos, sin prisas. Puede conocer el método completo en mi forma de trabajar.

Preguntas frecuentes sobre fugas de casa en adolescentes

¿Por qué mi hijo adolescente se escapa de casa?

Puede existir una combinación de conflictos familiares, miedo a consecuencias, impulsividad, sustancias, relaciones sentimentales, depresión, presión de amigos o problemas conductuales. Hay que estudiar el contexto concreto.

¿Una fuga significa que tiene un trastorno psiquiátrico?

No. Una fuga aislada no diagnostica ninguna enfermedad. Las fugas repetidas o acompañadas de otros síntomas sí justifican una evaluación más profunda.

¿Una fuga puede formar parte de un trastorno de conducta?

Sí, puede aparecer dentro de un patrón más amplio. Los trastornos de conducta en adolescentes implican, sin embargo, mucho más que una fuga aislada y requieren valorar el conjunto del comportamiento.

¿Puede deberse a trastorno negativista desafiante?

Puede aparecer durante los conflictos de algunos adolescentes con trastorno negativista desafiante, pero la fuga no es específica del TND.

¿Qué hago si sé que está en casa de un amigo pero no quiere volver?

Primero confirme que realmente está allí y se encuentra seguro. Después habrá que entender por qué se niega a regresar y organizar su vuelta. Si existe una situación de riesgo, puede ser necesaria ayuda profesional.

¿Debo castigarlo cuando vuelva?

Deben existir consecuencias ante incumplimientos importantes, pero conviene que sean proporcionadas y orientadas también a recuperar seguridad y confianza.

¿Le quito el teléfono móvil?

Depende. Conviene recordar que el móvil puede ser además una herramienta de contacto y seguridad. No siempre retirarlo completamente es la consecuencia más lógica tras una fuga.

¿Las drogas pueden estar detrás?

Sí. Especialmente cuando las fugas aparecen junto con cambios de amistades, horarios, rendimiento, sueño, dinero o comportamiento.

¿Las mentiras frecuentes son una señal de alarma?

Pueden serlo cuando acompañan otros cambios. La página sobre mentiras frecuentes en adolescentes explica precisamente cuándo el ocultamiento deja de ser una transgresión ocasional y empieza a formar parte de un problema mayor.

¿Y si además coge dinero de casa?

Cuando aparecen robos en adolescentes junto con fugas debemos estudiar especialmente sustancias, apuestas, deudas, presión de otros jóvenes y forma de financiar el tiempo fuera.

¿Debo preocuparme si la fuga está relacionada con una pareja?

Depende del contexto. Hay que prestar especial atención a: diferencias importantes de edad; coerción; violencia; control; sustancias; dependencia emocional; conductas sexuales de riesgo. Las conductas sexuales de riesgo en adolescentes merecen una valoración específica cuando aparecen dentro de estas situaciones.

¿Puede escaparse porque está deprimido?

Sí. La depresión durante la adolescencia puede acompañarse de irritabilidad, aislamiento y conflictos. Si existen desesperanza, autolesiones o ideas suicidas, la valoración debe ser prioritaria.

¿Cómo puedo volver a confiar después de una fuga?

La confianza se reconstruye de forma gradual. El adolescente debe demostrar durante un tiempo que: cumple horarios; informa; respeta acuerdos; mantiene el contacto. Los padres también necesitan permitir que los avances se traduzcan progresivamente en mayor autonomía.

¿Y si no quiere hablar?

No siempre es útil forzar una conversación exhaustiva inmediatamente. Primero hay que garantizar la seguridad y establecer los límites imprescindibles. Después puede retomarse la conversación en un momento de menor tensión. ## Fugas de casa en adolescentes: primero seguridad, después comprensión Cuando desaparece un hijo adolescente, decir a los padres que «no se preocupen» sería absurdo. Hay que preocuparse. La cuestión es utilizar esa preocupación para actuar con eficacia. Mientras desconocemos dónde está, la prioridad es: localizarlo y comprobar que se encuentra seguro. Cuando vuelve comienza otro trabajo. Necesitamos entender. No únicamente preguntar: «¿Cómo has podido hacernos esto?» sino también: «¿Qué estaba ocurriendo para que marcharte pareciera una opción mejor que quedarte?» Después de muchos años trabajando con adolescentes, he aprendido que las conductas más llamativas no siempre son capaces de explicar por sí mismas el problema. Una fuga puede ser el final visible de meses de discusiones. Puede descubrir un consumo que nadie conocía. Puede poner de manifiesto una relación peligrosa. Puede ser una decisión impulsiva tomada en diez segundos. Puede esconder depresión. Puede formar parte de un patrón de problemas graves de conducta. O puede ser la manera extrema que encuentra un adolescente de expresar que algo en su vida se ha vuelto insoportable. Nada de esto elimina su responsabilidad. Un adolescente necesita comprender que desaparecer sin decir dónde está puede generar riesgos reales y un enorme sufrimiento a su familia. Pero si únicamente conseguimos enseñarle: «Escaparse está mal», y no descubrimos por qué se escapó, habremos trabajado sólo la mitad del problema. El objetivo tampoco consiste en transformar la casa en una cárcel. El objetivo es que el adolescente pueda llegar a sentir que volver a casa sigue siendo una opción posible incluso cuando ha cometido un error, existe un conflicto o necesita pedir ayuda. Y que progresivamente pueda desarrollar formas más maduras de afrontar los problemas sin tener que desaparecer para escapar de ellos.

Sobre el autor

CL
Dr. Cristóbal López Martín Médico especialista en Psiquiatría · Colegiado 29-8805 · Colegio Oficial de Médicos de Málaga

Después de más de 25 años de experiencia clínica, mi forma de valorar los problemas de salud mental durante la adolescencia parte de un principio: un síntoma aislado rara vez explica toda la historia. Cada valoración integra el desarrollo del adolescente, su familia, el instituto, el sueño, los hábitos y su funcionamiento real, no solo el síntoma que motiva la consulta.

En el blog escribo sobre los temas que más se repiten en consulta. Paso consulta presencial como psiquiatra en Marbella y atiendo también online. Para familias que necesitan una valoración presencial puede consultar Psiquiatra Adolescente en Marbella.

Última revisión médica: 26 de agosto de 2026.

¿Se ha fugado o amenaza con hacerlo?

La fuga es la punta de algo. Una valoración ayuda a entender de qué huye y a que no vuelva a necesitar huir.

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