Carta de despedida a mi padre: Llenar y honrar tu ausencia
Este carta no es solo la historia de mi padre y un hijo, sino el reflejo de una experiencia universal: la de ver desaparecer, poco a poco, a quienes nos trajeron al mundo.
No se cierra un ciclo. Se abre otro. La muerte no es un punto final, sino una grieta que deja entrar un viento distinto, uno que nos obliga a aprender a habitar la ausencia. Y a veces, esa ausencia es más grande que la presencia.
Entre la memoria y la realidad: el recuerdo que nos queda
La tensión entre la memoria y la realidad es evidente: podemos intentar idealizar o minimizar a nuestros seres queridos para sobrellevar el dolor, pero al final son nuestras vivencias, con luces y sombras, las que conforman su verdadero legado.
Otro punto crucial es la fragilidad humana. Aunque cada historia es distinta, el eje común es la prueba emocional y mental que esto supone. Y también está presente la culpa: la sensación de que nunca hacemos lo suficiente, de que no estamos a la altura de lo que ellos hicieron por nosotros.
Lo primero que me viene a la mente es el libro Senda ( manual de ciencias sociales de de EGB) de los años 70 tardíos y una escena de esas que se quedan grabadas en la cabeza, como si fuese ayer. Porque fui un niño más maduro de lo normal, digamos más introspectivo y solitario. Recuerdo cuando Don Javier nos contaba, con 7 años, que los seres humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren: El ciclo vital.

Aquel recuerdo de su muerte, fue un punto de inflexión en mi infancia y el resto de mi vida, porque me hizo comprender, de golpe, que la vida era finita, que un día todo lo que amaba desaparecería. En aquel momento, aún no sabía que viviría esa experiencia con la persona que más admiraba.
En esta carta, quisiera expresar lo que significó tu partida, padre, tu muerte, y cómo, día tras día, tu energía se transformaba en deterioro físico y emocional.
Recuerdo cómo, desde aquel ictus, que algunas veces no me reconocías; sin embargo, milagrosamente, lo hiciste en los últimos días, con esa mirada aparentemente perdida, pero que los dos sabíamos lo que significaba. A pesar de toda la preparación y de tu ausencia física, sigues siendo parte de mí.
Hay impotencia, cansancio, momentos de ternura y, sobre todo, la dolorosa aceptación de que el tiempo no perdona.
La enfermedad convirtió a mi padre, antaño un hombre fuerte y dominante, en alguien dependiente, frágil, necesitado de cuidados en poco tiempo. Fue la experiencia más dura de mi vida adulta (no podía soportar esa imagen; no conseguía estar mucho tiempo sin que se me saltaran las lágrimas).
En mi caso, como en el de muchas personas, es algo irracional: no puedes hacer nada, pero recuerdas lo que hizo por ti toda la vida y te parte el alma, preguntándote si alguna vez estarás a la altura del sacrificio que hicieron por nosotros. Aparece esa obsesión por mantener su dignidad hasta el final.
Soy consciente de que los recuerdos no son estáticos ni objetivos. Son relatos que nos contamos para darle sentido a la pérdida. , la memoria puede distorsionar o embellecer lo vivido, y eso sucede cuando intentamos rescatar la esencia de quienes amamos.
Tu optimismo inquebrantable
Fuiste muchas cosas, pero si algo te definió siempre fue tu optimismo inquebrantable, tu vitalismo casi terco, tu nulo miedo a la muerte y a veces al peligro de forma casi temeraria , tu hedonismo sin teorías ni justificaciones, como si la vida no tuviera más sentido que disfrutarla.
Para ti, preocuparse por lo que escapaba a tu control no tenía lógica. “Ocúpate de lo que está en tus manos”, solías decir, sin haber leído a Marco Aurelio —ni una sola línea—, porque tu nivel cultural era básico, pero tu instinto te dictaba lo mismo que al emperador estoico.
Nunca te tomabas las cosas demasiado en serio, y aunque en mi juventud me exasperaba esa falta de dramatismo, con el tiempo comprendí que tu forma de vivir era más sabia de lo que parecía. En realidad, más inteligente y más sana que la mía; por desgracia, eso lo aprendí tarde y aún sigo aprendiendo.
La sencillez de la verdadera felicidad
Eras un hombre tranquilo, amoroso, cercano, sin ambiciones mayores que vivir y disfrutar el día a día, aunque de una forma distinta a la mía.
Heredé tu sentido del humor, pero no tu imposibilidad de estar en casa , te incomodaba: siempre encontrabas algo que hacer, un motivo para salir, moverte, arreglar cualquier cosa, ir al campo a ver tus animales( una de las cosas que nunca entendí era la predilección por dos animales tan diferentes como caballos y ovejas , siempre tu obsesion con los potros y caballos negros, sino nacían negros , tu te mentias a ti mismo, y lo veias negro el dia el parto….después te frustrabas porque era casi negro.
(Fuiste el primero en el pueblo en tener un dromedario; yo tenía 12 años, tú te jactabas de ello y a mí me parecía que eras un lunático).
De niño me parecía algo simple, antes había poca protección de datos y a principios de curso siempre hacían la misma pregunta tu padre a que se dedica …. cada año me veía obligado a inventar algo nuevo…. pero con los años entendí que ahí estaba la verdadera felicidad: en la capacidad de estar satisfecho con lo pequeño, en la improvisación , en despertar cada día y buscarte la vida según te apetecia ,en domar un caballo… con lo que otros podrían considerar insignificante.; tu agenda era perfecta , no tenías ninguna , en plan es que no había un plan , para ti cada día era una aventura.
Tú no necesitabas grandes hazañas, ni soñaste con ellas, nunca hablaste ni te importaron los bienes materiales ni casas , coches, ganar más dinero del necesario.. etc , no entraba en tu cabeza, por eso jamás necesitaste ni una tila
Recuerdo ahora con cariño, que un día, cuando mi madre se tenía que operar con anestesia general, no fuiste al hospital… porque te quedaste dormido. Y así podría contar un millón de anécdotas que, con mi carácter antagónico, me desesperaban: tenías los genes de la tranquilidad, esa calma innata que a los más ansiosos nos exaspera.
Recuerdo tu facilidad para dormir en apenas dos minutos y cómo tomabas la vida con una serenidad que en ocasiones me sacaba de quicio. Por ejemplo, cuando yo tenía nueve años y viajamos en coche, no entendía por qué había que parar a descansar y mirar el paisaje (yo te decía que el paisaje no se iba a ir de allí, pero que íbamos tarde). La verdad es que ahora entiendo que eso era disfrutar el aquí y ahora.
O hacer paradas interminables si ibas acompañado de amigos, en bares y restaurantes, para comer. ¡Yo pensaba que era una pérdida de tiempo! Además, después te vigilaba el volante con esa edad, por miedo a la cantidad de alcohol que habías bebido durante la sobremesa, y a veces tenía que rectificarlo yo para evitar acabar en una cuneta. Pero tú seguías tu propio ritmo, sin que la prisa y la ansiedad te afectaran.
Me decías que me tomaba todo demasiado en serio, que la vida era una broma, y que ya aprendería.
También recuerdo tu animadversión a la injusticia, incluso si venía de la Guardia Civil (la manía que les tenías a los picoletos de aquellos tiempos, te duró hasta el final de tus dias ). Si considerabas que tenías razón, no era negociable. Y hablo de aquellos guardias de hace 40 años, cuando las cosas eran muy distintas… Tú defendías tu verdad con tozudez, aunque a veces rozara la insensatez.
La caída del padre (o la ratón-fobia)
Como a todos, la imagen idealizada del padre se nos cae a medida que crecemos. Freud hablaba de la “escisión” o caída del padre.
En mi caso, ocurrió de niño, cuando vi a aquel hombre alto, fuerte, de porte recto,y robusto que no temía domar a caballos salvajes ni manejar a toros de mil kilos, subirse a una silla muerto de miedo por un ratón que apareció en la cocina. Fue un contraste cómico y casi surrealista: la valentía absoluta frente a los animales grandes y la Guardia Civil, y el pánico ante un raton tan pequeño.
Nuestras formas de ver el mundo eran diferentes. Yo siempre fui más crítico, exigente, inconformista, competitivo, introspectivo, blanco o negro, sin grises… en resumen, más infeliz que tu.
Tú, en cambio, aceptabas la vida como venía, sin permitirte tomártela demasiado en serio. Con el tiempo entendí que esa era tu estrategia para mantenerte a flote sin enredarte en batallas innecesarias.
Tu necesidad de compañía

Eras un hombre que no sabía estar solo. A diferencia de mí, te encantaba madrugar y, ya desde los 7-8 años, a mi hermano y a mí nos levantabas de madrugada —si podías, a las cuatro— para llevarnos al campo a ayudarte en los veranos. Decías que lo hacías para que en el futuro no nos drogáramos.
Nunca entendí entonces qué relación tenía “fumar chocolate”, como lo llamabas, con levantarse los fines de semana a las 4 de la mañana, pero en realidad era un pretexto: lo hacías porque querías estar con nosotros, porque no soportabas la soledad que yo tanto amo. En aquel entonces, no entendía esa necesidad de compañía permanente; de hecho, yo aprovechaba cualquier oportunidad para escabullirme y experimentar con tu perro, Curro, las leyes de Pavlov.
Pero para ti, estar acompañado era vital, aunque fuera por dos niños con sueño y pocas ganas de trabajar tan temprano, con la excusa de que fuésemos hombres de provecho. Después me irritaba tu facilidad para dormir la siesta y mi imposibilidad de hacerlo; en ese caso, sentía envidia.
El deterioro y la despedida
Nunca pensé que te vería tan vulnerable. No porque creyera que eras inmortal, sino porque mi memoria se aferra a la imagen del hombre que fuiste: fuerte, corpulento, voz firme, con esa manía de explicarme las cosas como si yo fuera incapaz de entenderlas por mi cuenta.
Pero este último año y medio te derrumbaste poco a poco. Tu cuerpo se desmoronaba como una estructura mal apuntalada, y yo, testigo involuntario, a menudo no podía contener las lágrimas al verte en ruinas. Sin embargo, aun en tus últimos momentos de lucidez, cuando ya no reconocían a casi nadie, me miraste y me dijiste algo que, viniendo de ti, fue una revelación:
“A ver si dejas de trabajar tanto,”.
Lo curioso es que nunca fuiste la persona más trabajadora ni metódica del mundo. Sabías lo que era el esfuerzo, pero tampoco te matabas a trabajar. Si había que hacer algo, lo hacías, sí, pero con tranquilidad, sin excesos. Siempre estuve seguro de que no te morirías de un infarto. Y, en el fondo, tenías razón: uno puede esforzarse 14 horas diarias y, aun así, acabar en el mismo sitio. Comprendí que quizá eras más sabio de lo que aparentabas, aunque yo tardara 20 años en darme cuenta.
Manías heredadas
No soy supersticioso, pero sin darme cuenta adopté algunas de tus manías, que traían “mal bajío” según tú, como evitar tener cactus en casa porque decías que traían ruina, o no querer peces, tal vez por algún presagio negativo que nunca comprendí del todo.
Aun sin creer en esas “tonterías”, recuerdo perfectamente cómo, al firmar mi primera hipoteca, te llamé ilusionado y caíste en la cuenta de que era martes, diciéndome que si la firmaba en martes me embargarán seguro. Yo, escéptico, llamé al banco… y pospuse la firma al miércoles con una excusa peregrina.
De la muerte no querías saber nada. A pesar de tener ningún miedo a ella. Desde la infancia, mostrabas tu animadversión hacia quienes pagaban seguros para el entierro: los llamabas “cuervos”. De hecho, los espantabas del rellano de casa cuando venían a ofrecer sus pólizas. Y, cuando cumpliste 80, me dijiste que habrías pagado hasta tres entierros completos si hubieras aceptado aquella cuota mensual. Tal era tu despreocupación material que ni testamento has dejado.
Había cosas que hacían contraste: detestabas el tabaco, no eras asiduo de los bares, tenías conocidos pero no un amigo cercano, tus amigos eraan los animales.. Dentro de ti, ibas imbuido en tus pensamientos, y a veces te descubres sonriendo solo, por alguna anécdota grotesca la mayoría de las veces.
Tampoco eras muy amigo del movimiento hippy
(cosa que a mí me daba igual con 10 años ), pero mis hermanos y yo, hasta bien entrada la adolescencia, nos ganábamos unos “pelados” militares: tú te encargabas de aleccionar al barbero. Y tu obsesión por los tatuajes era cuestión de principios: se podían suspender todas las asignaturas que no pasaría nada, pero si uno se hacía un tatuaje, quedaba claro que debía buscar otra casa para dormir.
Después, eso sí, eras generoso cuando mi hermano y yo llegábamos ebrios a casa, y mamá se cabreaba. Tú decías que los muchachos tenían que divertirse..e los muchachos tenían que divertirse.
El apoyo en el duelo
Este duelo no es solo mío. La muerte de un ser querido es el espejo de todas las demás ausencias que hemos vivido. Quiero agradecer a quienes han estado cerca en estos años, a quienes me han acompañado en la distancia y en el silencio, a quienes entendieron mis ausencias cuando mi mente y mi tiempo estaban secuestrados por tu enfermedad.
A mis pacientes, que sin saberlo sostuvieron mi vida en los días más oscuros y tuvieron paciencia cuando no podía estar tan presente como merecían. A mis amigos, que supieron estar ahí sin exigir palabras, comprendiendo que el dolor a veces se vive en la sombra.
No esperaba el apoyo que recibí de tantas personas, incluso de aquellas con quienes jamás imaginé compartir este tramo del camino. En los momentos difíciles, la bondad aparece donde menos la esperas. Hasta ahora he tenido la suerte de llegar aquí sin haber sido defraudado nunca en lo esencial: la amistad, las relaciones, lo que consideraba seguro.
La decepción y el aprendizaje
Sin embargo, hubo dos personas que me fallaron en el momento más importante de mi vida, cuando más necesitaba su apoyo. Una, perdonable por falta de empatía , por cobardía, por falta de comunicación —no todos somos iguales—, porque me reprochaba mi tristeza y desánimo.
La otra se dará por aludida; fue ruin al impedirme estar más tiempo con mi padre. Aunque siempre lo justifico todo con la psiquiatría y los malos genes que tocan a algunos, no puedo dejar de reconocer que hay actos de verdadera maldad.
La enfermedad es un espectáculo grotesco y cruel. No hay épica en la decadencia, ni esa palabra que tanto odio: “lucha contra la enfermedad”. Porque cuando te llega, si te toca, te mata; no hay derecho real a batallar, y de entrada la batalla está perdida. No encuentro poesía en la vejez cuando el cuerpo se convierte en una cárcel cada vez más pequeña.
Algunos dicen que hay belleza en el sufrimiento, pero yo solo veo la crudeza de lo que queda cuando la dignidad se escurre por el desagüe.
Al final, lo que queda no es la decepción, sino el aprendizaje. Y lo que más pesa no es la ausencia, sino la certeza de que hubo una presencia que dejó huella
Tú, padre, te has ido, pero tu rastro sigue aquí. No en la tristeza, sino en la convicción de que tu vida, a tu manera, fue plena. Y si algo aprendí de ti, es que recordar no es solo evitar el olvido, sino vivir de un modo que, aunque nunca sea igual, al menos se parezca un poco al tuyo: tranquilo, sencillo, sin desear nada material que no fuera buena comida y buen vino, capaz de ser feliz con un pequeño chiste o cuidando a tus animales
Recuerdo que, con 15 años, me dio por Aristóteles, y me decías que quién era ese para que yo perdiera tanto tiempo leyendo que de la observacion de la naturaleza se aprende mas.
Tu legado de libertad
Quizá fue tu forma de enseñarme que el verdadero legado que dejas no está en seguir desgastándome, sino en vivir , soltar y dejar fluir.
En no rendirme al sistema, como tú nunca lo hiciste, porque para ti trabajar para el Estado o por cuenta ajena te parecía estar en una jaula, y tu relación con la política era una causa perdida. Jamás te interesó votar ni ver un minuto de noticias de política, al menos desde que tengo uso de razón. Considerabas al gobierno tu enemigo, sin importar quién estuviera al mando. Y, al mismo tiempo, tampoco tolerabas la injusticia, aunque te costara la vida. Esa era tu esencia.
Aunque nuestras miradas sobre el mundo fueran distintas y a veces hasta antagónicas, sé que, en el fondo, nunca te has ido del todo. Y nunca te irás. Es curioso cómo la muerte y ausencia de alguien puede hacerse más presente que su propia existencia. Todo lo que antes era natural —tu voz por teléfono, tu manera de fruncir el ceño cuando te contaba algo que no estabas de acuerdo — se convierte ahora en un eco. Y ese eco, lejos de desvanecerse, se instala en mí
Porque, al final, aprendemos a vivir con la pérdida como aprendemos a vivir con una cicatriz: nunca desaparece, pero deja de doler… al menos, eso dicen.
La promesa de no olvidarte

El verdadero recuerdo que nos dejan nuestros padres no es material, sino el conjunto de recuerdos, aprendizajes y heridas que cargamos con nosotros.
Tu huella vive en mí, en mis recuerdos, en mi forma de enfrentar la vida… y en la certeza de que, a tu manera, descubrí, a medida que cumplía años, que eras más sabio que yo.
Aunque no tenías ni idea de quién era Milan Kundera, tú vivías la vida que él había escrito:
“Hace tiempo que nos dimos cuenta de que ya no era posible dar la vuelta a este mundo, ni remodelarlo, ni detener su desafortunado curso hacia adelante. Solo había una resistencia posible: no tomarlo en serio”.
Porque la muerte no se lleva a quien muere, sino a quien lo olvida. Y yo no tengo intención de olvidarte.
Hasta siempre, padre.


